Relojería española · Vintage
Duward: corazón suizo, espíritu español
La historia no contada del reloj que conquistó una época, forjado entre los talleres de Barcelona y las cumbres de Suiza.
Abra usted el cajón de las cosas importantes de casi cualquier casa española —ese donde conviven los botones sueltos, las fotos de carné y las medallas de la comunión— y hay una probabilidad razonable de que, en el fondo, aún lata un corazón suizo. Un Duward. Quieto, olvidado, muchas veces sin cuerda desde hace décadas, pero intacto. Basta girar la corona unas cuantas vueltas para que la maquinaria vuelva a respirar como si el tiempo no hubiera pasado.
Ese pequeño milagro cotidiano no es casualidad. Detrás de él hay una saga familiar de casi dos siglos, una jugada industrial audaz entre Barcelona y La Chaux-de-Fonds, y una campaña cultural tan eficaz que logró que una marca de relojes se colara en la televisión, en el fútbol y en los tebeos de media España. Vale la pena contarla despacio.
La dinastía Vendrell (1835–1930)
Toda gran historia relojera empieza en un banco de trabajo diminuto, con una lupa y una paciencia infinita. La de Duward arranca en 1835, cuando Carlos Vendrell Castellá abre un modesto taller de relojería en la entonces villa de Sans (hoy el barrio barcelonés de Sants). No fabricaba nada extraordinario: reparaba, montaba, ajustaba. Pero el prestigio del oficio bien hecho corre rápido, y pronto tuvo una clientela que le empujó a soñar con algo mayor que un taller de reparaciones.
Ese salto lo dio su hijo. En 1888, Jaime (Jaume) Vendrell Serra trasladó el negocio al corazón comercial de la ciudad: primero a la burguesa calle Ample, 41, y poco después a la calle Hospital, a pocos metros de las Ramblas. El taller de pueblo se había convertido en comercio de ciudad.
La verdadera ambición, sin embargo, llegaría con el nieto. Carlos Vendrell Paradís (1886–1968) se independizó y abrió su propia relojería en la calle Ferran, 24 —una de las arterias comerciales más nobles de la Barcelona de la época— y otra en las Ramblas, frente al Liceo. En 1926, un anuncio en el diario El Día Gráfico presentaba en sociedad «Los Modernos Establecimientos del Arte Suntuario», con los que Vendrell Paradís consolidaba una relación cada vez más estrecha con los fabricantes helvéticos. La semilla de todo lo que vendría después ya estaba plantada.
El puente a La Chaux-de-Fonds
El año clave es 1930. En un solo movimiento, Carlos Vendrell Paradís montó una estructura que no existía en España y que resultaría decisiva.
Por un lado, la distribución: fundó D.E.R.S.A. (Distribuidora Española de Relojería, S. A.), un canal logístico sin precedentes en el país, pensado para llevar en exclusiva las grandes casas suizas que representaba hasta las joyerías de toda España. Por primera vez, un mayorista español controlaba de punta a punta la cadena que iba del taller helvético al escaparate de provincias.
Por otro, la fabricación: ese mismo año levantó una fábrica propia en La Chaux-de-Fonds, una de las cunas indiscutibles de la relojería suiza. En sus mejores momentos llegó a rondar el medio millar de empleados. No se trataba de comprar relojes ajenos y ponerles una etiqueta: era producir con maestría técnica en el mismísimo epicentro del savoir-faire mundial.
Y aquí llega la decisión más astuta de toda la historia: en lugar de una marca, Vendrell Paradís registró dos, diseñadas para no pisarse jamás.
| Dimensión | Duward | Kronos |
|---|---|---|
| Segmento | Lujo accesible y robustez: el reloj del pueblo | Piezas selectas, carácter elitista: alta relojería |
| Gestión | D.E.R.S.A. | Unión Suiza |
| Propuesta | Diseños duraderos, mecánicas fiables para el uso diario | Calibres suizos premium, cristal de zafiro, acabados de lujo |
| Legado | Un fenómeno de masas en los años 60 y 70 | El representante español del lujo clásico |
Con Duward se conquistaba la muñeca de toda una nación; con Kronos, la de las élites. Dos marcas, un solo apellido y el mercado entero cubierto. (El nombre Duward, dicho sea de paso, parece inspirado en el apellido «Durward», con esa sonoridad anglosajona que en aquella época evocaba automáticamente prestigio internacional.)
La era de la innovación (1930–1950)
Nada de esto habría cuajado sin músculo técnico, y Duward lo tuvo desde muy pronto. Lejos de limitarse a lo convencional, la marca se permitió coquetear con la vanguardia:
- 1933 · Horas saltantes. Vanguardistas esferas de jumping hour, en las que la hora aparece de golpe en una ventanilla en lugar de señalarla una aguja. Una rareza técnica y estética, más propia de la alta relojería que de una marca popular.
- 1939 · Autonomía mecánica. Llegan los primeros modelos automáticos, con una reserva de marcha de 36 horas, que liberaban al usuario del ritual diario de dar cuerda a mano.
- Años 50 · Calibres de precisión. Se desarrollan mecanismos como el W777 —con volante sobredimensionado, pensado para la exigencia de un cronómetro— y el célebre calibre 1401, verdaderos caballos de batalla de aquella edad dorada.
Era un catálogo que combinaba lo popular con destellos de ambición técnica: relojes para todos los bolsillos, pero pensados por gente que sabía perfectamente lo que hacía.
Anatomía de la fiabilidad
Si algo explica que aquellos Duward sigan vivos en los cajones, es que se construyeron sobre una obsesión: durar. Su reputación de «indestructibles» no fue un eslogan, sino el resultado de tres decisiones de ingeniería.
El corazón de alta frecuencia
En su interior latían ébauches suizos legendarios, esos calibres base sobre los que se levantaba todo. El manual Unitas UT 6310 (15 rubíes, 18.000 alternancias por hora) fue caballo de tiro de innumerables modelos «de vestir», y el automático AS 2066 aportó la comodidad de la carga por movimiento. Mecánica sobria, contrastada, reparable.
La resiliencia estructural
Sistemas antichoque integrados protegían el delicado eje del volante frente a golpes y vibraciones extremas. Un reloj que iba a acompañar a su dueño al trabajo, a la obra o al mar tenía que aguantar lo que le echaran.
El muelle DuwardFlex
Aquí está la joya de la corona: la implementación de un muelle real —el resorte que almacena la energía— concebido para no partirse. Ese componente, humilde pero crítico, fue la innovación que blindó la longevidad mecánica de la marca y cimentó su fama de irrompible. No es casualidad que, medio siglo después, sigan andando.
El dominio cultural: cuando un reloj se hizo omnipresente
Aquí es donde la historia de Duward deja de ser una historia de relojería para convertirse en una historia de España. Porque en los años 60, Duward no vendía relojes: colonizaba el imaginario colectivo por tres frentes simultáneos.
La televisión. Patrocinios masivos en TVE, cuando TVE era prácticamente la única ventana al mundo. El icónico presentador José Luis Uribarri repetía a diario un mantra que aún resuena en la memoria de una generación entera: «Hora Duward, hora exacta». Cinco palabras que convirtieron una marca en sinónimo mismo de puntualidad.
El deporte. La creación de la Copa Duward, un prestigioso trofeo que se otorgaba al equipo menos goleado de Primera División. Asociar la marca a la solidez defensiva —a la portería infranqueable— era una metáfora perfecta de lo que prometía en la muñeca: seguridad, resistencia, cero fallos.
La editorial. La publicación de Duwarín, una revista gratuita para los socios del club de la marca, con reportajes, humor y aventuras ilustradas. Fidelizaba a la familia entera y, de paso, sembraba el deseo en los más pequeños. Los niños que leían Duwarín eran los adultos que comprarían Duward.
Televisión, fútbol y tebeos. Un ecosistema cultural completo que explica por qué, durante dos décadas, tener un Duward no era una compra: era pertenecer a algo.
Las colecciones míticas
De la elegancia de los salones al rigor de las profundidades oceánicas, el catálogo Duward cubría todos los deseos. Estas son sus líneas más recordadas.
El elegante: Diplomatic & King
La línea Diplomatic destila el aroma clásico de los años 50: cajas cuadradas y rectangulares que albergaban movimientos mecánicos montados sobre gemas preciosas. Sobriedad pensada, literalmente, para durar generaciones. Es el Duward «de vestir» por antonomasia, el que se sacaba para las ocasiones y se heredaba sin discusión.
La línea King era el pináculo del lujo dentro del catálogo. Esferas plateadas o doradas, índices de oro de 18 quilates, cristales de zafiro. Modelos concebidos tanto para señora como para caballero, con los que Duward demostraba que también sabía jugar en las ligas altas cuando se lo proponía.
La revolución del buceo: el Aquastar 63
Y luego está la leyenda. En 1963, la manufactura suiza Aquastar —fundada por la familia Robert y estrechamente ligada al mundo del buceo profesional— bautizó un reloj de inmersión llamado a hacer historia. Duward adquirió los derechos para ensamblarlo y comercializarlo en España, con la condición de estampar su propio nombre en la esfera. De ahí esas piezas fascinantes que lucen a la vez «Aquastar» y «Duward»: la doble firma que delata que aquel reloj se hizo para el mercado español.
Como ingeniería, era serio de verdad: 200 metros de estanqueidad gracias a juntas de caucho, y un innovador bisel giratorio interno operado directamente desde la corona. Los coleccionistas distinguen sus variantes por detalles minúsculos y deliciosos: las primeras tiradas de 1965 llevaban la corona grabada con una estrella de mar —el emblema de Aquastar— y una caja medio milímetro más grande; hacia 1970, la corona adoptó la tipografía «Aquastar».
La conexión Nemrod: credibilidad profesional
La jugada maestra estuvo en cómo se repartió su distribución. Industrias Nemrod, un gigante español del equipamiento de inmersión y pesca submarina, llevaba el reloj a los buceadores profesionales y a las unidades militares —algunos ejemplares llegaron a servir en las primeras unidades experimentales de buceo de la Armada—. Simultáneamente, Duward lo catapultaba al gran público. Esa dualidad fue oro puro: el reloj lucía a la vez el aura de herramienta de supervivencia validada por expertos y la accesibilidad de un objeto de deseo popular.
La fiebre del Aquastar
Todo el mundo quería un Duward Aquastar, hasta los críos para su regalo de primera comunión.
El modelo trascendió por completo su propósito original. A través de versiones como el Aquastarlette de 200 metros y de tallas cadete para niños, el reloj que llevaban los buceadores del Calypso de Cousteau se convirtió en un puro símbolo de estatus en las piscinas y las playas de toda España. Un instrumento de buceo profesional reconvertido en accesorio de verano y regalo de comunión: pocas veces un objeto ha resumido tan bien el ascenso social de un país entero.
Teletime: la respuesta a los años 70
Duward no fue una marca ingenua. En 1974, con la amenaza de la tecnología digital ya asomando en el horizonte, demostró reflejos lanzando la serie Teletime: un cronógrafo extraplano equipado con alarma y —he aquí lo notable— alimentado de forma pionera por energía solar. Fue un intento audaz, casi profético, de mantenerse en la cresta de la ola que estaba a punto de transformar la industria por completo. No bastó para frenar lo que venía, pero habla del carácter inquieto de la casa.
La crisis del cuarzo
Porque lo que venía fue un tsunami. A mediados de los 70, la invasión de los relojes de cuarzo japoneses arrasó con el paradigma tradicional. Aquella electrónica de precisión altísima y coste ridículo hizo tambalearse a toda la relojería mecánica suiza, que se vio forzada a cerrar fábricas o a reinventarse a la desesperada.
Duward sobrevivió, pero pagó su peaje. Se adaptó al segmento de moda, incorporó movimientos Citizen y cristales minerales, y aparcó —temporalmente— su época dorada mecánica. Fue el precio de seguir vivo cuando tantos otros desaparecieron para siempre. La marca nunca cerró; simplemente tuvo que aprender a nadar en aguas nuevas.
El renacimiento vintage: la voz de los foros
Y entonces, décadas después, ocurrió lo inesperado: aquellos relojes olvidados volvieron a latir con fuerza, esta vez en la cultura de los coleccionistas. En los foros especializados, la devoción por el viejo Duward se expresa con un cariño casi conmovedor.
Cosa más dura no ha existido ni existirá… Ha aguantado fútbol, bici, botellones, trabajo. Irrompible.Foro Relojes Especiales
Una máquina que lleva latiendo cincuenta años… Indestructible. Qué casualidad que hoy mismo le he dado cuerda y lo llevo puesto.Voz de foro
El reloj del abuelo… Verdaderas joyas incombustibles. En los cajones de media España debe de haber un Duward.Voz de foro
Ese es el resumen perfecto: relojes que sobrevivieron al fútbol, a la bici, al trabajo y al olvido, y que siguen ahí, esperando su segunda vida.
El arte de la restauración
Devolver a un Duward su esplendor original no es un simple cambio de correa: es un oficio delicado que roza lo arqueológico. En talleres especializados como Danafi (Barcelona), el legado se mantiene vivo mediante técnicas casi extintas.
- Esferas de doble tono. Recuperación de los acabados concéntricos y satinados —esa transición sutil de las 12 a las 6— bajo un mismo tono plateado.
- Grafía histórica. Preservación milimétrica de las tipografías originales de los rótulos «King», «Aquastar» o «Diplomatic», auténtica caligrafía de época.
- Índices de 18 quilates. Desmontaje y micropulido de los bastones de oro macizo, pieza a pieza, para devolverles el brillo exacto que tuvieron en 1950.
Cada esfera restaurada es un pequeño rescate: la prueba de que estos objetos merecen sobrevivir no solo funcionando, sino luciendo como el primer día.
El tiempo retenido
Sobrevivieron a la crisis del cuarzo, al olvido en los cajones y al paso implacable de las décadas. Por eso los Duward de la era mecánica no son solo instrumentos de precisión: son cápsulas del tiempo. Testamentos palpables de una época irrepetible en la que la ingeniería suiza y el espíritu emprendedor español se dieron la mano para crear objetos diseñados, casi literalmente, para ser eternos.
La próxima vez que abra ese cajón y encuentre uno, no lo mire como a un trasto viejo. Está usted sosteniendo medio siglo de historia que, con solo unas vueltas de corona, vuelve a ponerse en marcha.
